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martes, 20 de noviembre de 2012

Mito de Kurupí

Tiene la apariencia de un hombre más bien bajo, fornido, muy moreno y retacón, con manos y pies velludos. No posee coyunturas, por lo que su cuerpo es de una sola pieza. En algunas versiones tiene los pies hacia atrás por lo que es muy difícil seguirlo. Sin embargo su principal característica es su enorme y larguísimo pene que lleva enrollado a la cintura, el cual usa para atrapar a sus víctimas. 

Sus ataques a las mujeres solas que se aventuran por la selva por leña son mucho más agresivos y crueles que los de su hermano Yasy Yateré. En esos casos Kurupí viola y mata a sus víctimas. Pero su mayor diversión es raptar a las vírgenes, quienes desaparecen misteriosamente para regresar encintas y listas para parir a los siete meses. Los hijos de Kurupí, sin embargo, mueren al séptimo día de un extraño mal. También se dice que con sólo verlo, las mujeres se vuelven locas. 

Kurupí es el genio de los animales silvestres, especialmente de los sementales. No abandona nunca la selva donde reina con el poder de su sensualidad, excepto para raptar a sus víctimas. 

Una forma de huir de este engendro es cortándole el pene, con lo cual se vuelve inofensivo. Otra opción es treparse a un árbol, ya que al carecer de articulaciones no podrá subir. 

Leyenda del Irupe

Entre los jóvenes de la tribu, Pitá era el más valiente, el más fuerte, el más audaz. Y el más enamorado. Todo su coraje se rendía a los pies de la hermosa Morotí. La muchacha estaba muy orgullosa del amor de Pitá y del poder que tenía sobre él. Se jactaba de la pasión que había inspirado, capaz de transformar al joven guerrero en juguete de sus caprichos. Cierto día paseaba con sus amigas por las orillas del Paraná. Los vientos y las lluvias recientes habían provocado una peligrosa crecida y las aguas del río bajaban torrenciales. En ese momento Morotí vio que se acercaba su fiel Pitá y quiso demostrar ante las otras muchachas todo lo que el guerrero estaba dispuesto a hacer por ella. Sin pensarlo dos veces, Morotí se sacó el brazalete y lo arrojó a las aguas enfurecidas y turbias. -¡Pitá, mi brazalete! -dijo. Y fue suficiente para que el muchacho se lanzara al río detrás del objeto brillante. Pitá podría haber salido airoso de la prueba. Como cualquier guerrero guaraní, era un excelente nadador, conocía muy bien los riesgos y las jugarretas del Paraná y sus aguas traicioneras. Pero Ñandé Yará, el Gran Espíritu, había dispuesto castigar la coquetería de Morotí. Por un momento se vio asomar de las aguas la cabeza de Pitá y después, atrapado por un remolino, volvió a desaparecer. Esta vez, para siempre. Morotí y sus amigas no podían creer lo que habían visto con sus propios ojos. Recorrieron la orilla río abajo y río arriba, convencidas de que Pitá les estaba haciendo una broma. Gritaron su nombre con todas sus fuerzas. Después gritaron con desesperación. Pero no era un juego. Cayó la noche y Pitá no volvió a la tribu. Morotí estaba enloquecida de dolor. Por su capricho y su tonto orgullo, Pitá había muerto ahogado. Sin embargo, el chamán de la tribu consultó a los dioses y obtuvo otra respuesta. Pitá no estaba muerto. I Cuñá Payé, la hechicera de las aguas, lo retenía en su palacio del fondo del río, envuelto en sus redes de amor brujo. Desesperada, arrepentida, Morotí se ató al cuello una enorme piedra y llevando esa carga se arrojó al río antes del amanecer, cuando nadie podía retenerla. Una de sus amigas la había seguido y alcanzó a verla hundiéndose en el agua revuelta del Paraná. A gritos pidió ayuda. Los hombres y mujeres del pueblo guaraní vieron entonces salir de las aguas una enorme y extraña flor que jamás habían visto antes. Era hermosa y su perfume, delicioso. Los pétalos del centro eran blancos, como la pureza de la linda Morotí, y los del borde eran rojos, como la sangre bravía y enamorada de Pitá. El Gran Padre Tupá había perdonado su locura de jóvenes y había unido para siempre el alma de los dos enamorados en la flor del irupé.

Leyenda del Yasi-Yatere (Representación)

Leyenda del Teyú-cuaré

Bajando del puerto de San Ignacio esta situado el lugar denominado Teyú-Cuaré, ósea, traducido libremente, " la Cueva del Lagarto".
El nombre de dicho sitio proviene de la creencia generalizada 
entre los naturales de que allí vivió en tiempos pasados un gran lagarto ( Teyú) que usaba la cueva (Cuaré) como vivienda, haciendo estragos entre las embarcaciones que osaban inquietarlo y cobrándose el peaje en la vida de los que navegaban la inmediaciones.
El mito del Teyú es al estilo del Miñocau de los brasileños y 
moradores de la margen del Uruguay, es decir, así como el Teyú es un gran lagarto que devora a los pescadores y navegantes del Paraná, el Miñocau es un gusano gigantesco que hace lo propio con los navegantes del Uruguay.
Pero la leyendo y mito aparte, el Teyú-Cuaré junto a la punta 
"Reina Victoria" y a San Ignacio con sus ruinas, son dignos de ser visitados porque condensan mucho de la historia y la prehistoria de Misiones.
El Teyu hace mucho que no aparece..... pero aun algunos
ancianos rememoran los tiempos en que era
 poderoso en él rió......
Hoy, según me contaba una anciana de apergaminada 
piel, " el ruido de los barcos lo asusto al bicho......".

Leyenda del chogui

Chouí era un indiecito que viva e una tribu, con sus padres, en la selva misionera. Su cuerpo estaba tostado por el sol ardiente de es zona y sus ojos inteligentes, eran negro y rasgados, como los indios de su raza.Pero Chouí no era un indio como todos. En lugar de jugar con otros niños se internabaen la selva para hablar con los pájaros los cuales el consideraba sus mejores amigos. Muchas veces, sentado sobre el tronco de un viejo timbó, tomaba su flauta y tocaba dulces melodías que las aves respondían con armoniosos trinos. Casi siempre, al atardecer se veía en un claro del bosque, al niño con su flauta, rodeado de pájaros que revoloteaban alrededor de el. El sonido de la flauta de Chouí, mezclado al murmullo misterioso de la selva, era respondido por el trino de las aves. En los días calurosos, Chouí, se bañaba en las aguas de algún manantial, junto a el chapoteaban los pájaros que alegremente hundían sus picos y patitas en el agua fresca. Otras veces, Chouí, seguía sigilosamente a los cazadores de pájaros y desarmaban sus Ñuhas, para que no pudieran atraparlos.El cacique, enojado por esto, lo reprendía y no lo dejaba salir por algunos días de la tribu. Entonces, Chouí, era visitado por los pájaros con los que compartía los granos de Abata-í. Estos le devolvían su generosidad, trayéndole en sus picos jugos de naranja y miel de Yete-í, que al goloso niño le gustaban mucho. Un día que Chouí estaba en un claro del bosque tocando su flauta, un picaflor se acerco desesperado.


Sus pichones estaban en un árbol que había sido invadido 
por las hormigas. Las hormigas "asesinas de la selva", pueden atacar a una planta y dejarla en pocos minutos simplemente desnuda. La madre picaflor que sabia esto lloraba por la suerte que correrían sus hijitos. Chouí no lo pensó dos veces. Subió al árbol inmediatamente. Pero al trepar fue atado por las hormigas que aguijonearon su cuerpo. A pesar de los dolores que las picaduras le producían Chouí llego hasta la rama donde estaba el nido. Rápidamente lo tiro sobre la hierba, salvando así a los pichones. Atontado y dolorido por las picaduras, perdió pie, cayendo al vació. El golpe fue tan grande que Chouí quedo en el ssuelo, con los ojos cerrados y sin moverse. Los pájaros sorprendidos primero y desesperados después, lo rodearon. Con sus picos le echaron agua para reanimarlo. Poco a poco comprendieron que Chouí había muerto, Entonces un inmenso gemido de dolor recorrió la selva ¡ Chouí ah muerto! Las ardillas, los sapos y los venados también se conmovieron. Ellos habían conocido a Chouí y lo querían.
Al intenso dolor siguio una gran quietud, la selva tan 
poblada de animales y plantas callo. El sol se oculto en el horizonte dorando suavemente las hojas de los árboles en un atardecer tristísimo.
Una a una, las aves levantaron vuelo y al cabo de un 
largo rato volvieron trayendo en sus picos una flor color azul. Las había de todas formas y tamaños y de extraños aromas. Pero todas eran azules. Las flores azules eran las preferidas de Chouí. Los pájaros lo recordaban bien. Y ese seria el homenaje a su mejor amigo. Lentamente, en la roja tierra misionera apareció, una gran mancha azul. Sobre ella revoloteaban cientos de pájaros, que con sus alas multicolores formaban un arco iris de plumas.
Las aves con encantadores trinos le pidieron a Tupa que
hiciera un milagro. Que convirtiera al indiecito en pájaro, como el lo había soñado. Cuenta la leyenda que desde ese momento la montaña de flores salió un pájaro azul cantando ¡ Chouí, Chouí! , se perdió en el cielo seguido de miles de pájaros. Y desde ese día se puede encontrar en la selva misionera, sobre todo en los naranjales, un bello

 pájaro azul cuyo canto dice Chouí, Chouí.


PAJARO CHOGUI

Cuenta la leyenda
que en un arbol
se encontraba encaramado
un indiecito guaraní.

Que sobresaltado
por un grito de su madre
perdió apoyo,
y cayendo se murió.

Y que entre los brazos maternales
por extraño sortilegio
en chogüí se convirtió.

Chogüí, chogüí, chogüí, chogüí
que lindo está mirando allá.
Mirando allá, volando se alejó.

Chogüí, chogüí, chogüí, chogüí
que lindo es, que lindo vá
perdiendose en el cielo azul turquí.

Y desde aquel día
se recuerda al indiecito
cuando se oye,
como un eco, a los chogúí;

Es el canto alegre y bullangero
del precioso naranjero
que repite su cantar;

Canta y picotea la naranja
que es su fruta preferida,
repitiendo sin cesar:
Chogúi...chogui...etc.

Leyenda del Salto Encantado


Cuenta la leyenda que en la selva de misiones vivían dos tribus enemigas. El cacique de una era Aguaráy de la otra Jurumí. Aguara tenia una bellísima hija Yete-í. Era pretendida esposa por todos quienes la conocían y muchos caciques de la región ofrecían inmensas riquezas por su mano.
Jurumí el feroz enemigo, tenia un hijo Cabure-í este era famoso por su valentía y destreza en la guerra
 y en la caza.
Quiso el destino que ambos jóvenes se conocieran un día en estas cirscuntancias:
Cabure-í Recorria la selva en busca de caza cuando fue atraído por el grito de terror de una joven, 
corrió hacia allí y en un claro del Monte vio la hermosísima Yete-í a quien no conocía a punto atacada por un yaguareté.Cabure-í clavo su lanza con certeza en el corazón del animal , su sapucay triunfal anuncio la muerte de la fiera.El amor entre los jóvenes nació en ese momento como por un mágico encantamiento.
Pero... ¡Oh Dolor! Cuando se enteraron quienes eran.
Sus tribus no admitieron este amor y volvieron a luchar sangrientamente.
Yete-í corrió hacia el campo de combate derramando lagrimas de angustia que al tocar el suelo iban 
formando un cristalino Hilo de Agua.
Cuando Cabure-í lo vio en lo alto de una loma, corrió hacia ella y la tomo en sus brazos.
Los guerreros de Aguará dispararon sus flechas hacia Cabure-í y los de Jurumí hacia Yete-í
En ese instante truenos ensordecedores hicieron temblar el cielo y la tierra.
El suelo se abrió como para cobijar a los enamorados muertos, y en ese lugar los asombrados 
combatientes vieron caer las aguas del arroyo formado por lagrimas de Yete-í.
Tupa con su poder sobre todas las cosas había creado el "Salto Encantado". En recuerdo de los
hijos que se amaron Jurumí y Aguará no volvieron a luchar.

Leyenda de las cataratas del Iguazu

 Las márgenes del río Iguazú estaban habitadas por una tribu llamada Kaingang, que adoraban a M'Boi, el dios serpiente, hijo de Tupan. Ignob, el jefe de esta tribu, tenía una hija llamada Naípi que por su gran belleza sería consagrada al dios M'Boi, así que su destino era vivir solamente dedicada a su culto. Con los Kaingang vivía un joven guerrero llamado Tarobá, que se enamoró de Naípi y era correspondido por la bella joven. El día en que fue anunciada la fiesta de consagración de Naípi al dios M'Boi, Tarobá huyó con ella en una canoa río abajo. M'Boi se puso muy furioso cuando se dió cuenta de la huida y penetró en las entrañas de la tierra. Retorció su cuerpo y provocó una profunda herida rasgando la tierra por la que transcurría el río, rompiendo así las aguas y formando unas gigantescas cataratas. Arrollados por las aguas, la canoa con la pareja fugitiva fue tragada por el abismo de la catarata. Naípi se transformó en roca y permaneció en el fondo. Tarobá se convirtió en una palmera situada al margen del abismo. M'Boi permanece en la profundidad vigilandolos eternamente para que nunca puedan unirse y hacer realidad su amor. Pero el amor es superior al odio y la maldad del dios-monstruo y el arcoiris une cada día a Naípi y Tarobá.